Dios no cabe en moldes
Un devocional sobre Éxodo 20:4-6. Descubre por qué Dios nos prohíbe reducirlo a una imagen manejable y cómo el Espíritu Santo nos transforma para que nosotros seamos el verdadero reflejo de Cristo en el mundo.
Dios no cabe en moldes
Textos bíblicos base
Éxodo 20:4-6:
"No te harás imagen, ni ninguna semejanza de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra. No te inclinarás a ellas, ni las honrarás; porque yo soy Jehová tu Dios, fuerte, celoso, que visito la maldad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me aborrecen, y hago misericordia a millares, a los que me aman y guardan mis mandamientos."
Deuteronomio 4:15:
"Guardad, pues, mucho vuestras almas; porque ninguna figura visteis el día que Jehová habló con vosotros de en medio del fuego."
Deuteronomio 4:20:
"Pero a vosotros Jehová os tomó, y os ha sacado del horno de hierro, de Egipto, para que seáis el pueblo de su heredad como en este día."
2 Corintios 3:18:
"Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor."
Dios se revela mediante su Palabra viva y no a través de formas manejables
Al prohibir las imágenes talladas, Dios no estaba censurando el arte ni la belleza humana, pues Él mismo mandó adornar el santuario con granadas y querubines. Lo que el Señor prohíbe con total firmeza es reducir su gloria a un objeto que nuestras manos puedan fabricar y manipular.
Cuando Dios descendió en el Sinaí, el pueblo escuchó una voz majestuosa pero no vio figura alguna. Una imagen física se puede transportar en una bolsa, se puede guardar en un cajón y se puede tapar cuando sus exigencias resultan molestas. Una voz no se puede encerrar; la voz de Dios nos confronta, nos despierta y demanda nuestra obediencia.
El corazón humano inventa dioses fáciles para evitar someterse al Dios santo
Cuando el pueblo de Israel fundió el becerro de oro en el desierto, no pretendía adorar a un dios desconocido de Egipto. El mismo Aarón declaró que al día siguiente habría fiesta para el Señor. Su pecado consistió en querer adorar al Dios verdadero a través de una figura visible, cercana y domesticable.
Esa es la tentación de nuestra propia naturaleza: moldear un concepto de Dios que siempre coincida con nuestros caprichos, que nunca censure nuestras faltas, que apruebe nuestros planes egoístas y que no nos demande transformación. Sin embargo, un dios inventado a nuestra medida no es más que un ídolo vacío que no tiene poder para salvar.
La verdadera imagen terrenal del Creador es un pueblo redimido y santo
Moisés recordó al pueblo que Dios los había sacado del horno ardiente de la esclavitud en Egipto. En la antigüedad, los hornos se usaban para fundir estatuas de bronce, pero Dios nos enseña que Él ya tiene su propio crisol y su propia imagen.
La imagen viva de Dios en esta tierra no es una escultura muda e inmóvil, sino hombres y mujeres de carne y hueso rescatados por su gracia. El carácter y la bondad del Dios invisible se hacen visibles al mundo cuando sus hijos actúan con honestidad, muestran compasión hacia el desamparado, perdonan las ofensas y aman con generosidad. La misericordia de Dios sobrepasa por miles a su justo juicio, y esa misma gracia debe reflejarse en nosotros.
La contemplación de Cristo renueva en nosotros la imagen que el pecado dañó
Nuestra rebelión original manchó y quebró ese hermoso reflejo de Dios en el ser humano. Por eso vino Jesucristo al mundo, quien es la imagen perfecta y visible del Dios invisible.
El camino para recuperar esa belleza perdida no consiste en agotarnos en disciplinas humanas externas, sino en poner nuestros ojos en Jesús a través de su Palabra.
Al contemplar su gloria, su humildad y su sacrificio, el Espíritu Santo comienza a moldearnos con ternura de gloria en gloria. Nosotros somos el barro frágil y el Espíritu es el divino artesano que restaura en nuestro diario vivir la semejanza de Cristo.
Aplicación
Hermanos, preguntémonos si en nuestra vida cotidiana no hemos construido un “dios” a nuestra conveniencia, alguien a quien acudir solo cuando necesitamos favores pero cuya voz ignoramos cuando nos llama al arrepentimiento.
· ¿Qué pasajes de la Escritura evitas meditar porque confrontan tus actitudes en el hogar o tus negocios?
· Si tú eres la carta viva e imagen visible del Señor delante de tus vecinos, compañeros de trabajo y familiares, ¿qué idea se están formando ellos acerca de Dios al mirar tus reacciones, tus palabras y tu trato hacia los más débiles?
Descansemos hoy en el poder del Espíritu Santo para que nos transforme a la imagen de Jesús.
Oración
Señor todopoderoso, reconocemos con vergüenza que muchas veces hemos intentado moldearte a nuestra semejanza. Perdónanos por preferir ideas cómodas que no incomodan nuestro pecado en lugar de postrarnos ante tu majestad santa.
Te damos gracias porque no nos dejaste en la ceguera de nuestra imaginación, sino que nos mostraste tu rostro en tu Hijo amado Jesucristo. Te pedimos que tu Santo Espíritu trabaje en lo más íntimo de nuestro ser, limpie las asperezas de nuestro carácter y pula los reflejos dañados de nuestra vida.
Haz que en nuestras casas y trabajos otros puedan contemplar algo de tu paciencia, tu verdad y tu misericordia.
En el nombre de Jesús, amén.