Dios nos invita a descansar
Un devocional basado en Éxodo 20:8-11. Descubre por qué el reposo bíblico no se trata de seguir reglas, sino de soltar nuestras cargas, confiar en la soberanía de Dios y aprender a disfrutar de Su gracia.
Dios nos invita a descansar
Texto Bíblico Base
Éxodo 20:8-11: “Acuérdate del día de reposo para santificarlo. Seis días trabajarás, y harás toda tu obra; mas el séptimo día es reposo para Jehová tu Dios; no hagas en él obra alguna, tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu criada, ni tu bestia, ni tu extranjero que está dentro de tus puertas. Porque en seis días hizo Jehová los cielos y la tierra, el mar, y todas las cosas que en ellos hay, y reposó en el séptimo día; por tanto, Jehová bendijo el día de reposo y lo santificó.”
El reposo comienza mirando a Dios
Cuando escuchamos hablar del día de reposo, nuestra mente puede dirigirse inmediatamente hacia las reglas. Queremos saber qué se puede hacer, qué no se puede hacer, cuándo comienza el descanso y cuándo termina. Sin darnos cuenta, una invitación hermosa puede convertirse en una preocupación religiosa. Nos parecemos a alguien que ha sido invitado a sentarse a una mesa preparada con amor y, en lugar de disfrutar la compañía de quien lo invitó, permanece en la puerta preguntando cuáles son las reglas para sentarse.
Éxodo nos conduce en otra dirección. Cuando Dios explica por qué Israel debía reposar, no comienza hablando del cansancio humano, sino de Sí mismo. “Porque en seis días hizo Jehová los cielos y la tierra… y reposó en el séptimo día”.
El fundamento del reposo está en Dios. Antes de preguntarnos qué debía hacer Israel durante ese día, necesitamos contemplar al Dios que había terminado su obra. El reposo bíblico comienza cuando dejamos, por un momento, de mirar lo que nuestras manos están haciendo y contemplamos lo que las manos de Dios ya han hecho.
Detenernos es confesar que no somos Dios
Existe una inquietud profunda en nuestro corazón que nos hace pensar que todo depende de nosotros. Sentimos que si dejamos de trabajar, organizar, resolver, cuidar, supervisar o controlar, algo importante puede derrumbarse. Por eso muchas veces nos cuesta descansar incluso cuando nuestro cuerpo se ha detenido. Podemos estar sentados mientras nuestra mente continúa corriendo de un problema a otro.
El reposo nos confronta con una verdad que puede incomodarnos y, al mismo tiempo, liberarnos: nosotros no sostenemos el mundo. Dios lo sostiene. Cuando Israel soltaba sus herramientas durante el Sabbat estaba haciendo mucho más que descansar físicamente. Estaba confesando con su cuerpo que Jehová seguía reinando mientras ellos dejaban de trabajar.
Nosotros también necesitamos recordar que podemos cerrar los ojos porque Dios no duerme, podemos soltar algunas cosas porque Él no las suelta y podemos descansar porque su gobierno no se interrumpe cuando nosotros dejamos de producir.
Fuimos creados para disfrutar de Dios
Una de las tragedias de nuestra vida espiritual ocurre cuando aprendemos a servir a Dios, obedecer a Dios, trabajar para Dios y hablar de Dios, pero olvidamos disfrutar de Dios. Podemos convertir la fe en una sucesión interminable de responsabilidades y perder el asombro de estar en la presencia del Señor. Sin embargo, el salmista podía decir: “En tu presencia hay plenitud de gozo; delicias a tu diestra para siempre”.
Dios no nos creó solamente para hacer cosas delante de Él. Nos creó para conocerlo, contemplarlo, amarlo y encontrar nuestro gozo en Él. El reposo nos recuerda que nuestra identidad no depende únicamente de aquello que conseguimos producir.
Hay momentos en los que necesitamos dejar las herramientas, silenciar las exigencias y volver a decirle al alma: Dios es suficiente. Su presencia vale más que nuestros logros. Su amor es más profundo que nuestros resultados. Hay una clase de alegría que no nace de haber terminado todo lo que queríamos hacer, sino de saber que pertenecemos al Dios que gobierna todas las cosas.
La gracia nos invita a sentarnos a la mesa
El corazón religioso suele imaginar a Dios como alguien difícil de complacer. Pensamos que debemos llegar delante de Él mostrando nuestros méritos, nuestro esfuerzo y nuestros resultados. El Evangelio nos enseña algo completamente distinto. Dios llama a pecadores que no pueden presumir de sí mismos y los recibe por gracia.
Por eso el reposo es también una imagen preciosa de nuestra relación con Dios. No llegamos a su presencia para demostrar que merecemos sentarnos a la mesa. Llegamos porque Él nos ha invitado. No descansamos porque finalmente hemos conseguido controlar todas las circunstancias, sino porque conocemos al Dios que sí las controla. Y cuando esto desciende del pensamiento al corazón, comenzamos a vivir de otra manera. Trabajamos, servimos y asumimos nuestras responsabilidades, pero ya no necesitamos convertir nuestros logros en la medida de nuestro valor.
Aplicación
Preguntémonos delante del Señor qué cosas estamos tratando de sostener como si todo dependiera de nosotros. Tal vez sea nuestro trabajo, nuestra familia, un proyecto, una preocupación económica, un ministerio o incluso una persona a quien amamos. ¿Qué creemos que ocurriría si soltáramos nuestras manos por un momento? ¿Creemos verdaderamente que Dios continúa gobernando cuando nosotros nos detenemos?
También conviene preguntarnos cómo nos acercamos a Dios. ¿Venimos a Él únicamente con obligaciones, peticiones y responsabilidades, o hemos aprendido a disfrutar de su presencia? ¿Cuánto tiempo ha pasado desde que simplemente abrimos las Escrituras para contemplar quién es Dios, sin intentar demostrar nada?
Quizá hoy necesitamos escuchar nuevamente la invitación. No eres indispensable para que el universo continúe funcionando. Dios sigue sentado en su trono. Puedes trabajar con fidelidad y también puedes descansar con fe. Puedes servir con todas tus fuerzas sin convertir tu servicio en tu identidad. Y puedes acercarte al Señor no solamente para hacer algo para Él, sino para disfrutar de Él.
Oración
Padre eterno, reconocemos que muchas veces vivimos como si todo dependiera de nosotros. Nos cuesta detenernos, soltar nuestras preocupaciones y reconocer nuestros límites.
Perdónanos por las ocasiones en que hemos buscado nuestro valor en lo que hacemos y hemos olvidado el gozo de estar contigo. Enséñanos a contemplar tu obra, a confiar en tu gobierno y a descansar en tu fidelidad. Queremos servirte con alegría, pero también queremos aprender a disfrutarte.
Haznos recordar que mientras nosotros dormimos Tú permaneces despierto, mientras nosotros soltamos las manos Tú sigues sosteniendo todas las cosas y mientras nosotros reconocemos nuestra debilidad Tú continúas siendo Dios. En el nombre de Jesús. Amén.