El Dios que descendió para salvarnos
Basado en Lucas 1:37-38. Descubre cómo la mayor muestra del poder de Dios fue hacerse hombre y sufrir en la cruz para rescatar nuestra alma de las tinieblas.
El Dios que descendió para salvarnos
Texto bíblico base
Porque nada hay imposible para Dios. Entonces María dijo: He aquí la sierva del Señor; hágase conmigo conforme a tu palabra. Y el ángel se fue de su presencia. (Lucas 1:37-38)
El milagro asombroso de la encarnación de Cristo
La manifestación más grande del poder soberano de Dios no se dio solamente al abrir los mares o al crear las montañas, sino al hacerse hombre para salvarnos. El Dios eterno e infinito, a quien los cielos no pueden contener, decidió tomar un cuerpo humano real y nacer en la mayor sencillez del mundo.
El Espíritu Santo descendió con poder y cubrió a una mujer humilde con Su sombra para que el Hijo de Dios viniera a vivir entre nosotros. Este acontecimiento muestra con claridad la acción amorosa del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo trabajando juntos para llevar a cabo el rescate de pecadores que no tenían cómo salvarse por sí mismos.
La entrega del Creador en el madero de la cruz
El Señor Jesús no vino a este mundo simplemente para darnos un ejemplo moral o para dejarnos enseñanzas sabias sobre la vida en sociedad. Aquel que estaba colgado en la cruz sufriendo el desprecio de la multitud y soportando el peso del castigo no era un hombre común, sino el mismo Creador hecho carne.
En ese madero, Jesús experimentó el dolor más profundo y la separación temporal del favor del Padre para pagar por completo la deuda de nuestras rebeliones. Cuando entendemos la magnitud del sacrificio que el Hijo de Dios realizó por amor a nosotros, nuestro corazón se llena de un asombro profundo que nos cambia para siempre la vida.
El llamado eficaz desde las tinieblas a la luz
Ninguno de nosotros buscó a Dios por iniciativa propia, pues todos nos encontrábamos perdidos, ciegos espiritualmente y siguiendo las costumbres de este mundo caído. Fue únicamente el poder omnipotente de Dios el que tocó nuestra vida, despertó nuestra alma muerta y nos llamó a formar parte de Su pueblo.
El Señor nos eligió por pura gracia conforme a Su voluntad sabia, derribando la dureza de nuestro corazón para que pudiéramos ver la hermosura de Jesucristo y recibir Su perdón. Nuestra salvación es una obra milagrosa de inicio a fin que demuestra que Dios tiene el poder de transformar cualquier vida, por muy hundida que se encuentre.
La respuesta de entrega y humildad del creyente
Cuando consideramos el inmenso amor y el poder que Dios demostró en Cristo, la única respuesta razonable es la rendición total de nuestros planes personales. María respondió al anuncio del ángel reconociéndose simplemente como una sierva dispuesta a que se hiciera en ella la voluntad de su Señor.
Esa misma actitud de humildad es la que debemos cultivar nosotros todos los días frente a las demandas de Dios. No podemos vivir una fe cómoda ni entregarnos a medias mientras jugamos con las tentaciones del mundo, sino que debemos poner todo lo que somos en las manos de aquel que dio Su propia vida para rescatarnos de la condenación.
Aplicación
Es muy fácil acostumbrarse a escuchar sobre la cruz de Cristo como si fuera una historia vieja que ya no nos conmueve el corazón. Muchas veces vivimos quejándonos de nuestras incomodidades cotidianas, olvidando por completo el precio tan alto que el Salvador pagó para darnos la vida eterna y hacernos hijos de Dios.
Examina hoy cómo estás respondiendo a ese amor inmenso en tu rutina diaria. ¿Estás buscando servir al Señor con gratitud en tu hogar y en tu trabajo, o sigues aferrado a tus propios caprichos y comodidades?
Mira con fe a la cruz de Jesús en este día, pídele perdón por tu frialdad de corazón y dile con sinceridad que deseas someter tus planes a Su soberana y perfecta voluntad.
Oración
Amado Señor Jesús, nos inclinamos ante ti con el corazón lleno de asombro al recordar tu inmenso sacrificio en la cruz por nosotros. Siendo tú el Dios de toda gloria y el creador de todo lo que existe, te hiciste siervo y derramaste tu sangre para limpiar nuestros pecados y librarnos de la muerte eterna.
Te damos gracias porque tu poder eficaz nos sacó de las tinieblas y nos trajo a la luz de tu evangelio. Danos un corazón humilde como el de María para decirte en cada situación: hágase conmigo según tu palabra. Quita de nosotros toda soberbia y ayúdanos a vivir enteramente consagrados a honrar tu santo nombre en todo lo que hagamos.
En tu nombre bendito oramos, amén.