El nombre de Dios revela quién es Él
Un devocional basado en Éxodo 20:7. Descubre cómo el nombre de Dios no es solo una palabra, sino la revelación de Su grandeza, y por qué nuestra manera de vivir es la mayor expresión de reverencia hacia Él.
Día 1: El nombre de Dios revela quién es Él
Texto bíblico base
Éxodo 20:7 (RV60): "No tomarás el nombre de Jehová tu Dios en vano; porque no dará por inocente Jehová al que tomare su nombre en vano."
El nombre de Dios nos revela quién es Él
Cuando nosotros escuchamos un nombre, normalmente pensamos en una manera de identificar a una persona. Alguien dice nuestro nombre y sabemos que está hablando de nosotros. Pero en la Escritura el nombre tiene una profundidad mucho mayor. El nombre habla de quién es una persona, de su carácter, de su reputación y de aquello que se conoce acerca de ella. Cuando Dios revela Su nombre, no está simplemente entregándonos una palabra que podamos pronunciar. Está dándose a conocer. Nos está permitiendo conocer algo de Su gloria, de Su carácter y de Su majestad.
Por eso el tercer mandamiento comienza tocando algo profundamente santo. Dios no está preocupado solamente por la manera en que pronunciamos una palabra. Está preocupado por la manera en que tratamos aquello que representa quién Él es. Su nombre está unido a Su persona. Cuando honramos Su nombre, honramos a Dios. Cuando lo tratamos con ligereza, estamos mostrando que nuestro corazón ha perdido de vista la grandeza de aquel que sostiene todas las cosas.
Malaquías nos recuerda que el nombre de Dios es grande entre las naciones. No hay nada pequeño en Él. No hay nada común en Su presencia. Él es el Dios que existe por sí mismo, el Creador de todo cuanto existe, aquel que estaba antes de que hubiera un principio. Cuando comprendemos quién es Dios, comenzamos a entender por qué Su nombre merece reverencia.
El nombre de Dios merece reverencia
Podemos acostumbrarnos incluso a las cosas más maravillosas. Algo parecido puede ocurrir con nuestra relación con Dios. Podemos cantar acerca de Él, hablar de Él, orar a Él y escuchar Su Palabra con tanta frecuencia que aquello que debería producir asombro comienza a parecernos ordinario. El peligro no siempre está en decir algo ofensivo. A veces está en decir cosas santas con un corazón indiferente.
Pensemos en lo extraordinario que es que nosotros podamos acercarnos al Dios vivo y llamarlo Padre. El Dios que gobierna el universo escucha nuestras palabras. El Dios cuya gloria llena los cielos inclina Su oído hacia nosotros. Sin embargo, podemos pronunciar Su nombre sin detenernos a pensar delante de quién estamos. Podemos orar mecánicamente mientras nuestra mente está en cualquier otro lugar.
El problema comienza cuando Dios deja de parecernos grande. Cuando el corazón contempla verdaderamente Su majestad, la reverencia comienza a aparecer de manera natural. No necesitamos fabricar temor cuando contemplamos la gloria. El corazón simplemente responde.
Nuestra manera de vivir habla acerca de Dios
El tercer mandamiento no termina en nuestros labios. Se extiende a nuestra vida entera. Dios ha puesto Su nombre sobre nosotros, y por eso nuestra conducta comunica algo acerca de Él. Las personas que nos rodean quizá nunca hayan abierto una Biblia, pero observan nuestra manera de vivir. Tal vez nunca hayan escuchado un sermón, pero escuchan cómo hablamos cuando estamos enojados.
Esto hace que nuestra vida tenga una responsabilidad hermosa. En nuestra casa, en el trabajo, en la calle, en el tráfico y aun en las conversaciones privadas, llevamos algo que otros relacionan con Cristo. No podemos dejar el nombre de Dios en la iglesia cuando salimos el domingo. Lo llevamos con nosotros el lunes por la mañana.
Nuestra vida se convierte así en una especie de carta abierta. Nuestra paciencia dice algo. Nuestra honestidad dice algo. La manera en que tratamos a quien no puede ofrecernos nada a cambio dice algo. La forma en que respondemos cuando somos tratados injustamente también dice algo. No significa que nuestra vida sea perfecta. Significa que pertenecemos a Cristo y que nuestra vida debe apuntar hacia Él.
Honrar el nombre comienza con volver a contemplar a Dios
Quizá hoy necesitamos detenernos y reconocer que nuestro problema no está solamente en nuestras palabras. Tal vez hemos permitido que Dios se vuelva demasiado familiar para nosotros. Seguimos hablando de Él, pero hemos dejado de maravillarnos ante Él. Seguimos orando, pero ya no nos conmueve saber que el Creador escucha nuestra voz.
La solución no comienza simplemente con proponernos hablar mejor. Comienza levantando nuevamente los ojos hacia Dios. Necesitamos contemplar Su santidad, Su grandeza, Su misericordia y Su fidelidad. Cuando Dios vuelve a ocupar el lugar central de nuestro corazón, Su nombre deja de ser una palabra común y vuelve a ser un nombre glorioso.
No necesitamos inventar una grandeza que Dios no posee. Necesitamos recuperar nuestra capacidad de verla. Y cuando el corazón vuelve a contemplarlo, también vuelve a adorarlo.
Aplicación
Preguntémonos hoy con sinceridad: ¿se ha vuelto común para mí el nombre de Dios? ¿Puedo hablar de Él sin pensar realmente en quién es? ¿Mi oración nace de un corazón consciente de que estoy delante del Dios vivo? ¿Las personas que viven conmigo perciben algo de la grandeza, bondad y santidad de Dios cuando me observan?
Quizá hoy no necesitamos hacer muchas cosas. Necesitamos detenernos delante de Dios y volver a contemplarlo. Antes de pedirle algo, adoremos. Antes de hablar mucho, quedémonos en silencio delante de Su majestad. Recordemos que no estamos hablando al vacío. Estamos hablando con nuestro Padre celestial.
Oración
Padre nuestro, perdónanos porque muchas veces hemos pronunciado tu nombre sin pensar en tu grandeza. Perdónanos porque podemos hablar de ti con nuestros labios mientras nuestro corazón permanece distraído.
Haz que volvamos a maravillarnos delante de ti. Abre nuestros ojos para contemplar tu gloria y enséñanos a tratar tu nombre con reverencia, amor y gozo. Que nuestra vida entera pueda decir la verdad acerca de quién eres tú.
En el nombre de Jesús. Amén.