Primero recibimos, después trabajamos
Un devocional basado en Génesis 2:1-3. Descubre por qué fuimos creados primero para recibir la gracia de Dios antes que para producir, y cómo aprender a trabajar desde el descanso en lugar de hacerlo para ganar méritos.
Primero recibimos, después trabajamos
Texto Bíblico Base
Génesis 2:1-3: “Fueron, pues, acabados los cielos y la tierra, y todo el ejército de ellos. Y acabó Dios en el día séptimo la obra que hizo; y reposó el día séptimo de toda la obra que hizo. Y bendijo Dios al día séptimo, y lo santificó, porque en él reposó de toda la obra que había hecho en la creación.”
El hombre despertó dentro de una obra terminada
Hay algo profundamente hermoso en el orden de la creación. El ser humano aparece al final del sexto día. Cuando Adán abre los ojos, no encuentra un mundo esperando desesperadamente que él lo complete. La luz ya brilla, los árboles ya están allí, los ríos ya corren y la tierra ya ha sido preparada por Dios. El hombre no comienza produciendo. Comienza recibiendo.
Esto toca una de las fibras más profundas del Evangelio. Nuestro corazón suele pensar exactamente al revés. Creemos que primero debemos hacer, después demostrar, luego merecer y finalmente descansar. Pensamos que el descanso es el premio que recibimos cuando ya hemos cumplido suficientemente bien. La creación presenta otro orden. Antes de que el hombre pudiera hacer algo para Dios, ya estaba rodeado por lo que Dios había hecho para él.
La gracia siempre toma la iniciativa
La vida con Dios comienza recibiendo. Nosotros amamos porque Él nos amó primero. Nosotros respondemos porque Él habló primero. Nosotros servimos porque primero hemos sido alcanzados por su misericordia. Cuando olvidamos este orden, incluso la vida cristiana puede convertirse en una pesada fábrica de méritos.
Hay creyentes sinceros que viven agotados espiritualmente porque sienten que nunca hacen suficiente. Oran y piensan que deberían orar más. Sirven y creen que deberían servir más. Dan y sienten que deberían dar más. El problema no está en querer crecer, sino en intentar conseguir mediante nuestras obras aquello que Dios solamente concede por gracia. Nuestra obediencia nunca debe convertirse en un intento de obligar a Dios a amarnos. Trabajamos porque somos amados, no para conseguir que Él nos ame.
Podemos soltar porque Dios permanece
Israel expresaba esta confianza semanalmente. Durante seis días cultivaba, construía, comerciaba y trabajaba. Después llegaba el día en el que las herramientas quedaban quietas. Aquella pausa era una confesión de fe. El agricultor reconocía que la semilla dependía de algo más grande que su esfuerzo. El comerciante confesaba que su futuro no estaba encerrado en una jornada adicional de negocio. La familia entera aprendía que Jehová continuaba cuidando de ellos.
Nosotros necesitamos esa misma confianza. Hay preocupaciones que no se resuelven trabajando una hora más. Hay personas a quienes no podemos transformar por nuestra fuerza. Hay situaciones que no podemos controlar. Hay puertas que solamente Dios puede abrir. Nuestra responsabilidad es ser fieles; nuestra responsabilidad nunca ha sido ocupar el lugar de Dios. La fe trabaja diligentemente y después aprende a dejar los resultados en manos del Señor.
Trabajamos desde el descanso y no para conseguirlo
Existe una enorme diferencia entre trabajar para conseguir descanso y trabajar desde un corazón que ya ha encontrado descanso en Dios. Quien trabaja para demostrar su valor vive esclavizado a sus resultados. Un éxito lo eleva y un fracaso lo destruye. Una felicitación le da identidad y una crítica puede arrebatársela.
Quien comienza desde la gracia puede trabajar intensamente sin convertir el trabajo en su dios. Puede alegrarse cuando las cosas salen bien y puede atravesar una derrota sin pensar que su vida ha perdido todo valor. Dios nos llama a trabajar, cultivar, servir, construir y perseverar.
El reposo bíblico jamás es una invitación a la pereza. Es una invitación a colocar el trabajo en su lugar correcto. Nuestro trabajo es importante, pero no es nuestro salvador. Nuestros resultados tienen valor, pero no determinan cuánto valemos delante de Dios.
Aplicación
¿Estamos intentando ganar mediante nuestro desempeño aquello que Dios quiere que recibamos por gracia? Tal vez no lo expresaríamos de esa manera, pero podemos descubrirlo observando nuestras emociones.
¿Qué ocurre en nuestro corazón cuando fracasamos? ¿Sentimos que ya no valemos? ¿Qué ocurre cuando otro recibe reconocimiento y nosotros no? ¿Nos sentimos invisibles porque habíamos hecho de nuestros logros la prueba de nuestro valor?
Pregúntate también qué carga estás llevando como si Dios te hubiera ordenado controlarla. Hay responsabilidades que debemos asumir y hay cargas que jamás nos correspondieron. Podemos amar a nuestros hijos sin controlar todo su futuro. Podemos servir a nuestra iglesia sin imaginar que su existencia depende de nosotros. Podemos realizar nuestro trabajo con excelencia sin pensar que nuestra seguridad final depende de un puesto.
Comencemos nuevamente donde comenzó Adán. Abramos los ojos y contemplemos lo que Dios ya hizo. La vida no comienza con nuestras manos extendidas trabajando, sino con nuestras manos abiertas recibiendo.
Oración
Señor, gracias porque antes de que nosotros pudiéramos hacer algo, Tú ya estabas obrando. Gracias porque nuestra relación contigo comienza en tu gracia y no en nuestros méritos. Perdónanos cuando invertimos el orden y queremos merecer aquello que Tú has decidido regalar.
Líbranos del orgullo cuando tenemos éxito y de la desesperación cuando fracasamos. Enséñanos a trabajar con diligencia sin convertir nuestras obras en nuestra identidad. Danos manos fieles para servir y un corazón tranquilo para dejar los resultados en Ti.
Que aprendamos cada día que primero recibimos y después respondemos, primero contemplamos y después trabajamos, primero somos alcanzados por tu gracia y después caminamos en obediencia.
En nombre Cristo Jesús. Amén.